May 14, 2026
La anomalía de Leguinée 👹
Esta historia comienza en los límites del Barrio de La Fortuna y de los bordes exteriores de Leguinée.
El acceso ya empieza mal.
Nada más entrar aparece un cartel enorme diciendo NO. No arrojen basura. No ensucien. No invadan. La típica señal funcional que, colocada en determinados lugares, deja de parecer una norma y empieza a funcionar como advertencia.
Sigo avanzando.
El paisaje es extraño aquí junto a la M-40 con su rumor constante, casi marino: caminos de tierra, torres eléctricas, zonas medio forestales, restos de infraestructuras, residuos y una sensación constante de estar caminando por un borde territorial todavía sin decidir del todo entre parque y periferia industrial.
Luego aparece el segundo aviso.
Un papel pegado a un árbol alertando de veneno para perros. Alguien esta dejando cebos en la zona. Ya ha muerto un perro. El mensaje esta plastificado con cinta adhesiva, moviéndose ligeramente con el viento como si fuese una orden improvisada de emergencia dentro del bosque.
Aquello cambia completamente la atmósfera.
Empiezo a acercarme al punto siguiendo pequeños caminos entre pinos secos y hierba amarilla. Y entonces encuentro el árbol.
Un tronco completamente pelado.
Toda la corteza ha desaparecido del cuerpo central y esta acumulada alrededor, en el suelo, como si algo la hubiese arrancado cuidadosamente desde dentro. El árbol parece un poste orgánico despellejado en mitad del parque. El resto, intactos.
Me quedo observándolo bastante rato.
En esa zona suelo encontrarme aves constantemente. Una abubilla que aparece y desaparece entre los árboles. Y últimamente también una golondrina extremadamente agresiva, revoloteando cerca de mi cabeza en modo defensivo. Debe de tener el nido por allí. Pero en esos momentos empiezas a sentir que los animales funcionan también como marcadores del lugar. Como pequeñas entidades territoriales vigilando algo. Todo alrededor del árbol desgarrado y pelado.
Porque aquello es claramente un punto de anomalía.
No hay nada espectacular. Solo señales acumuladas: el cartel de prohibición, el veneno, el árbol abierto, las aves, las torres eléctricas, el silencio raro entre caminos con el rumor de la M-40 por detrás.
Y luego, ya de vuelta, llego a los castillos.
“Castillos” entre comillas, claro. Fincas fortificadas escondidas entre caminos secundarios. Muros altos, cámaras de seguridad operativas o no, puertas metálicas, banderas, estructuras defensivas improvisadas. Lugares donde la periferia empieza a parecer territorio autónomo, casi feudal, o tribal.
Cuanto más avanzo, más da la sensación de acercarse a un borde exterior de Leguinée.
Entonces aparece la última señal. La más terrorífica.
Una cabeza colocada en una pica improvisada sobresaliendo por encima de una lona negra. No es una cabeza real, obviamente, pero funciona exactamente igual que las advertencias tribales antiguas: una marca territorial. Una señal silenciosa indicando que estás acercando demasiado a algo.
Me quedo mirándola unos segundos. Foto, obviamente.
Pienso que quizá Leguinée no empieza de golpe. Quizá se anuncia poco a poco mediante discontinuidades: advertencias, animales, infraestructuras nerviosas, árboles abiertos y símbolos absurdos colocados en los márgenes.
Como si la ciudad del afuera fuese filtrándose lentamente hacia este lado de la brana, a una octava de distancia.
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