May 12, 2026
Umbral. La cicatriz de Legba
La anomalía me llevó esta vez hacia la línea C5 de cercanías.
Terminé cruzando uno de esos puentes desde los que se ven las vías hundidas atravesando la ciudad como una herida abierta. Desde pequeño conozco ese lugar. Durante años, desde el colegio, veía cómo a veces los trenes se detenían de golpe y corría el rumor inevitable: alguien había saltado.
Con el tiempo entendí que aquella línea estaba cargada de algo más que tránsito.
Es una cicatriz.
Un corredor por donde circulan cuerpos, ruido, electricidad y también restos de vidas interrumpidas. La gente pasa continuamente sobre ella sin pensar demasiado, pero hay lugares donde la memoria se acumula aunque nadie la nombre.
En el puente, muchas veces, aparecen flores.
Ramos pequeños atados a la verja. Restos de duelo anónimo. Señales mínimas de que alguien cayó allí o cerca de allí. Nunca duran demasiado. El viento, la lluvia o la limpieza urbana terminan borrándolo todo. Pero siempre vuelven a aparecer.
Me acerqué por un lateral, siguiendo una pequeña vereda entre hierba seca y matorral. Había gente paseando perros con total normalidad. Eso me impresionó: la convivencia absoluta entre la vida cotidiana y esa sensación de tránsito oscuro permanente bajo las vías.
Entonces pasó el tren.
Lo vi acercarse desde lejos, atravesando el corredor ferroviario como una corriente continua. El sonido metálico reverberaba entre los árboles y el hormigón. Saqué la foto justo cuando pasó bajo el puente.
Y pensé en Papa Legba.
Porque siempre aparece cerca de cruces, pasos, accesos y fronteras. Y aquella vía lo era completamente: un umbral de hierro atravesando Leguinée de extremo a extremo.
A veces imagino que esta línea está llena de presencias desplazándose de un lado a otro. No fantasmas en el sentido clásico. Más bien residuos de intención, ecos humanos, cargas emocionales que nunca terminan de irse del todo.
Quizá algunos siguen transitando por la otra cara de la brana de Leguinée.
Y quizá algunos, con el tiempo, dejan de ser simples restos y se convierten en otra cosa. En pequeñas entidades del borde. Loa ferroviarios nacidos del ruido eléctrico, la repetición de trayectos y la memoria acumulada de quienes desaparecieron aquí.
Mientras el tren se alejaba, todo volvió inmediatamente a la normalidad.
Los perros.
La gente caminando.
El tráfico lejano.
Pero la cicatriz seguía allí, abierta, atravesando la ciudad en silencio.
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