May 12, 2026
Encuentro con varios Loa de Leguinée. Una brana a una octava de distancia.
Después de deambular un rato junto a las vías de la C5 empecé a seguir una pequeña vereda de tierra. Se notaba que un ciclista había pasado hacía poco porque aún quedaban las marcas frescas sobre el camino. El sendero avanzaba paralelo a la línea del tren entre vegetación seca, descampados y zonas residuales donde la ciudad parece perder definición.
Poco a poco fui regresando hacia el aparcamiento del Lidl, cerca del Leganés Uno, un viejo centro comercial.
Allí me encontré con otra "pequeña" anomalía.
El torno de acceso del parking estaba completamente reventado. Una de las barreras había sido arrancada hacía poco tiempo. No había reparación, ni cintas, ni operarios. Todo seguía exactamente igual que después del impacto, como una grieta reciente todavía sin absorber por el sistema normal de la ciudad.
Me quedé mirándolo unos segundos y seguí caminando.
Entonces empezó la sensación rara.
Iba mirando el móvil y empecé a cruzarme con grupos de personas. Escuchaba conversaciones fragmentadas, voces, risas, frases aisladas. Pero como apenas levantaba la vista, las voces comenzaron a separarse visualmente de los cuerpos.
Escuchaba gente.
Pero casi no veía a nadie.
Así que empecé a grabar audios.
Poco a poco tuve la sensación de que aquellas conversaciones no pertenecían exactamente al mismo plano donde estaba yo. Como si estuviera caminando pegado a otra capa del entorno, apenas desplazada respecto a la realidad física consensuada.
Y pensé en la brana.
No una braña rural ni un paisaje natural, sino la brana como membrana de realidad. Una capa situada a una octava de diferencia del sistema de seguridad humano, del mundo estable y compartido que normalmente percibimos. Una frecuencia apenas desplazada donde siguen circulando restos de voces, trayectorias, presencias y pensamientos residuales.
La brana de Leguinée. La brana del Afuera (Outsideness según la CCRU).
Quizá aquellas personas existían realmente delante de mí. O quizá lo que estaba percibiendo eran ecos filtrándose desde esa otra octava del territorio. Conversaciones funcionando al otro lado de la membrana, demasiado cerca como para ignorarlas pero demasiado lejos como para verlas claramente.
Lo extraño era que todo seguía siendo completamente normal.
Gente paseando.
Coches pasando.
Supermercados abiertos.
Perros ladrando a lo lejos.
Pero las voces empezaron a sonar autónomas, casi desacopladas del espacio visible. Como psicofonías urbanas registrándose solas en movimiento. Loas?
Doblé finalmente una esquina y llegué al punto exacto que marcaba la aplicación.
No había nada especial. Solo un portal cualquiera al que no se podía acceder.
Y aun así me quedé allí parado unos segundos con la sensación muy clara de haber rozado algo. No otro mundo fantástico, sino una pequeña desviación perceptiva: la impresión de que Leguinée continúa funcionando también al otro lado de la brana, apenas una octava más allá de la realidad consensuada.
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